martes, 26 de julio de 2016

Eva Perón y Evita

Nada hay en mi destino de extraordinario y menos de juego de azar.
No puedo decir que creo lógico y razonable de todo cuanto me ha sucedido, pero no sería leal y sincera si no dijese que todo me parece por lo menos natural.He dicho ya cuáles son las grandes causas de la misión que me toca cumplir en mi Patria, pero no sería completa mi explicación si no dijese también algo acerca de los motivos circunstanciales que me decidieron a iniciarme en la colaboración estrecha con el General Perón, después que fue Presidente de los Argentinos.Antes de entrar en el tema es conveniente recordar que Perón no es sólo Presidente de la República: es, además, conductor de su pueblo.
Esta es una circunstancia fundamental y se relaciona directamente con mi decisión de ser una esposa del Presidente de la República distinta del modelo antiguo.
Yo “pude” ser ese modelo. Esto lo digo bien claro porque también se ha querido justificar mi “incomprensible sacrificio” arguyendo que los salones de la oligarquía me hubiesen rechazado.
Nada más alejado que esto de toda realidad, ni más ausente de todo sentido común.Pude ser una mujer de Presidente como lo fueron otras.No nací para eso. Por el contrario, siempre hubo en mi alma un franco repudio para “esa clase de teatro”.Pero, además, yo no era solamente la esposa del Presidente de la República, era también la mujer del conductor de los argentinos.
 A la doble personalidad de Perón debía corresponder una doble personalidad de mí: una, la de Eva Perón, mujer del Presidente, cuyo trabajo es sencillo y agradable, trabajo de los días de fiesta, de recibir honores, de funciones de gala: y otra, la de Evita, mujer del líder de un pueblo […]
“Evita”
Cuando elegí ser “Evita” sé que elegí el camino de mi pueblo.Ahora, a cuatro años de aquella elección, me resulta fácil demostrar que efectivamente fue así.Nadie sino el pueblo me llama “Evita”. Solamente aprendieron a llamarme así los “descamisados”. Los hombres de gobierno, los dirigentes políticos, los embajadores, los hombres de empresa, profesionales, intelectuales, etc., que me visitan suelen llamarme “señora”; y algunos incluso me dicen públicamente “Excelentísima o Dignísima Señora” y aun a veces, “Señora Presidenta”.Ellos no ven en mí más que a Eva perón.
Los descamisados, en cambio, no me conocen sino como “Evita”.
Yo me les presenté así, por otra parte, el día que salí al encuentro de los humildes de mi tierra diciéndoles “que prefería ser Evita a ser la esposa del Presidente si ese Evita servía para mitigar algún dolor o enjugar una lágrima”.[…]
Ahora si me preguntasen qué prefiero, mi respuesta no tardaría en salir de mí: me gusta más mi nombre de pueblo.
Cuando un pibe me nombra “Evita” me siento madre de todos los pibes y de todos los débiles y humildes de mi tierra.
Cuando un obrero me llama “Evita” me siento con gusto “compañera” de todos los hombres que trabajan en mi país y aun en el mundo entero.Cuando una mujer de mi Patria me dice “Evita” yo me imagino ser hermana de ella y de todas las mujeres de la humanidad.Y así, casi sin darme cuenta, he clasificado, con tres ejemplos, las actividades principales de “Evita” en relación con los humildes, con los trabajadores y con la mujer.
La verdad es que, sin ningún esfuerzo artificial, sin que me cueste íntimamente nada, tal como si hubiese nacido para todo esto, me siento responsable de los humildes como si fuese la madre de todos; lucho codo a codo con los obreros como si fuese de ellos una compañera más de taller o de fábrica; frente a las mujeres que confían en mí me considero algo así como una hermana mayor, en cierta medida responsable del destino de todas ellas que han depositado en mí sus esperanzas.
Y conste que no asumo así un honor, sino una responsabilidad.
Creo que cada uno de los hombres y mujeres que componen la humanidad debería al menos sentirse un poco responsable de todos los demás ¡Tal vez seríamos un poco más felices!
De los obreros atiendo sus problemas gremiales.De los humildes recibo sus quejas y sus necesidades remediándolas en cuanto no correspondan al Estado, aunque a veces en ese caso hago de colaboradora oficiosa del Gobierno. Al fin de cuentas siempre se trata de agua que va para el molino del "líder" común.De la mujer atiendo el problema en sus múltiples aspectos sociales, culturales y políticos.Si alguien me preguntase cual es mi actividad preferida no sabría que responderle exactamente y de forma decidida y definitiva (...)reconozco, eso si, que en el fondo lo que más me gusta es estar con el pueblo.
(...)
No vaya a creerse por esto que digo que la tarea de Evita me resulta fácil. Más bien me resulta en cambio siempre difícil y nunca me he sentido del todo contenta con esa actuación. En cambio el papel de Eva Perón me parece fácil. Y no es extraño. ¿Acaso no resulta siempre más fácil representar un papel en el teatro que vivirlo en la realidad?Y en mi caso es que como "Eva Perón" represento un viejo papel que otras mujeres en todos los tiempos han vivido ya; pero como Evita vivo una realidad que tal vez ninguna mujer haya vivido en la historia de la humanidad.
He dicho que no me guía ninguna ambición personal y tal vez no sea del todo cierto. Si. Confieso que tengo una ambición, una sola y gran ambición personal: quisiera que el nombre de Evita figurase alguna vez en la historia de mi Patria.Quisiera que de ella se diga, aunque no fuese más que en una pequeña nota, al pie del capítulo maravilloso que la historia ciertamente dedicará a Perón, algo que fuese mas o menos esto:
"Hubo al lado de Perón una mujer que se dedicó a llevarle al Presidente las esperanzas del Pueblo, que luego perón convertía en realidades"
Y me sentiría debidamente, sobradamente compensada si la nota terminase de esta manera:

"De aquella mujer solamente sabemos que el pueblo la llamaba, cariñosamente, Evita"
Eva Perón. (1952). La razón de mi vida. Buenos Aires: Peuser.

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